sábado, 18 de noviembre de 2017

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña) (V de V)

Lo que sí vamos a citar, ya para ir terminando, son dos ejemplos que creemos son más bien importantes, aunque por títulos diversos.

El primero lo encontramos en pág. 319 y es, si no nos equivocamos, la única vez donde los traductores dan el original.

La traducción, que cita a Ribera, dice así:

Y las almas de los degollados. Vio a todos los santos, pero recordó especialmente a aquellos que fueron muertos por Cristo, para que a los futuros cristianos principalmente a aquellos que han de vencer en los últimos tiempos les anime a luchar por la gloria de Cristo. Así pues, Y las almas de los degollados, está dicho como si dijera: Y especialmente las almas de los degollados, como Marcos al final dice a sus discípulos y Pedro”.

Lo cual no se entiende mucho, y es por eso que al pie de página agregan esta nota:

“N.T. El texto latin (sic) dice: “Et peculiariter animas decollatorum, ut Marc. (sic) ultimo, dicite discipulis ejus et Petro (sic)”; parece referirse a algún texto de San Marcos y de San Pedro” (sic!).

¡Ay!

El argumento es el siguiente: según Ribera, la sentencia “y las almas de los degollados” incluye a todos los santos y no sólo a los mártires, pero los nombra solamente a ellos para darle más fuerzas a los que tengan que enfrentar en los últimos tiempos al Anticristo. Ahora bien, de la misma manera que aquí San Juan enfatizaría los mártires, así hizo San Marcos en su último capítulo (que eso significa “Mar. ultimo”) cuando dice:

vv. 6-8: “Mas él les dijo: “No tengáis miedo. A Jesús buscáis, el Nazareno crucificado; resucitó, no está aquí. Ved el lugar donde lo habían puesto. Pero id a decir a los discípulos de Él y a Pedro: va delante de vosotros a la Galilea; allí lo veréis, como os dijo”.

Es decir, no es que San Pedro no sea discípulo, sino que es como si el ángel dijera: “decid a los discípulos y especialmente a Pedro”, pues, como indica Straubinger:

“Menciona especialmente a Pedro, como para indicar que le han sido perdonadas sus negaciones”.

Cuántos ejemplos más como este tendremos es imposible saber, pero lo que sí conocemos es la existencia de un grave error.

En página 223 leemos:

“Así interpreta el sentido el intérprete racionalista Knabenbauer:

“Soportó el castigo de los pecados satisfaciendo a la justicia divina nuestra salvación…”.

Ahora bien, cualquiera que conozca un mínimo de exégesis sabe al punto que Knabenbauer es uno de los exégetas católicos más reconocidos y respetados y el mero sensus catholicus le dice a uno que el P. Rovira no pudo haber escrito semejante barbaridad y que cuando se habla de racionalismo el nombre propio Knabenbauer no corresponde, y que si se nombra a Knabenbauer entonces el adjetivo racionalista no se le puede aplicar.

Pero claro, basta ir al original para descubrir el error:

lunes, 13 de noviembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (II de VI)

I Carta de la madre a L. Bloy[1]:

Périgueux, 4 de marzo de 1866

¿De dónde viene, querido niño, que no nos escribes? Siento el corazón completamente afligido, pues siento que sufres. Estoy segura que no te das bien cuenta de lo que pasa en tu pobre alma: hay un poco de todo, es ardiente y carece del alimento que le es propio; a veces vas para un lado y a veces para otro y no puedes determinar tu mal ¡Ah! Pobre niño, cálmate un poco. Reflexiona. La razón no puede ser porque creas que tu futuro está perdido o amenazado, pues a tu edad todavía no es posible aún hacer su futuro o desesperar de él; ordinariamente es todavía muy incierto; no, no es eso. Tus estudios, tu trabajo te dejan sin progreso que te satisfagan, ¿por qué? Porque, tal vez, quieres muchas cosas al mismo tiempo, porque eres muy impaciente; no, no es ese el problema aún. Tu espíritu quisiera, pero tu alma y tu corazón sufren y tienen otras necesidades, otras aspiraciones sin que dudes de ellas y su malestar y sufrimiento actúan sobre tu espíritu y le quitan la fuerza y atención necesarias.

Sufres, eres desdichado. Siento todo lo que padeces y, sin embargo, soy incapaz de consolarte, de apoyarte, pero sin embargo quisiera. ¡Ah!, si tuviéramos las mismas convicciones. ¿Por qué has rechazado sin un profundo examen la fe de tu niñez? Las palabras de aquellos a los que la fe molesta o que han sido perdidos por falta de instrucción han impresionado tu pobre imaginación; y sin embargo tu corazón tiene necesidad de un centro que no encontrará jamás sobre la tierra. Es Dios, es lo infinito lo que precisas y sobre el cual te impulsan todas tus aspiraciones. Formas parte del restringido número de esos elegidos a los cuales Dios se comunica y prodiga su amor, una vez que esos hombres han querido hacer un acto de humildad sometiéndose a las obscuridades de la fe.

Dios te dará la Ciencia, las Artes; ¡ah! si te impulsaras al infinito, ¡hasta dónde podrías llegar!... ¡Cómo siente la creatura tan cerca de su Dios desarrollar sus facultades y cómo sus concepciones se vuelven sublimes en ese momento!

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña) (IV de V)

Con respecto a la traducción digamos antes un par de cosas:

Antes que nada, no somos traductores ni mucho menos, pero se nota muchísimo que estamos en presencia de una traducción y basta con cotejar las diferencias que existen en la mera redacción entre una traducción del texto y algunas tomadas, por ejemplo, de la BAC.

Esto no sería tanto de lamentar si las cosas quedaran aquí.

Pero tampoco hace falta ser traductor ni tener el original a mano para descubrir más de un error de traducción. Algunos serios, como veremos.

El traductor se ataja (y hace bien) de su escaso latín, y agradece a quienes lo han ayudado (y sigue haciendo bien), pero creemos que lamentablemente no es suficiente, pues como veremos, además del deficiente latín, parecen no estar familiarizados con el tema que están traduciendo, lo cual es imprescindible.

Veamos algunos ejemplos:

Pag. 42: “Así pues, esto San Agustín, que, sin embargo, después cambió de opinión…”.

Seguramente debería traducirse algo así como “esto dice”, que está implícito.

Lo mismo se repite en varios otros pasajes: pag. 183 x2 y 254.

Pag. 45: “¿Pues qué habrán de hacer entonces aquellos santos en la tierra? o ¿por qué en ella no han permanecido ni siquiera algún tiempo? O, evidentemente la tierra ha de suponerse el lugar propio de inhabitación de los santos resucitados o de diverso modo (o no). Si (lo) primero, se dijo (se pregunta), ¿porque (por qué) los santos no por siempre han de morar en la tierra? (no han de morar por siempre) Si, en verdad se elige otra (solución al tema) (lo segundo) ¿por que (por qué) se dice que los mismos santos permanecerán algún tiempo en la tierra?, ¿por qué mil años mejor que (más bien que) algún espacio de tiempo más largo o más breve? Mas muy de otra manera ha de verse el tema, si se supone que hasta entonces ha de subsistir el estado de vía y haber en la tierra hombres viadores sobre los que, parece, que (esta palabra está de más) los santos reinarán”.

Hemos puesto en verde una tentativa de corrección en algunos casos y en otros, enmendado errores gramaticales evidentes. Lamentablemente párrafos como este se leen en varias ocasiones.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (I de VI)

Nota del Blog: Sirvan estas páginas como un pequeño homenaje a León Bloy a cien años de su muerte.
 
La madre de L. Bloy, dibujada por él mismo. 

***

Hay en la vida de León Bloy tres[1] mujeres que marcan a fuego su vida; dos de ellas acaso sean las más conocidas: Anne-Marie Roullet, la Verónica de El Desesperado y, por supuesto, su mujer Jeanne Molbech, la Clotilde de la segunda parte de La Mujer Pobre; pero hay otra mujer a la cual Bloy le debe mucho y de la que poco se conoce: nos referimos a su madre, Marie Anne Carreau.

Joseph Bollery, en su monumental e insuperable biografía[2] nos ha conservado un par de cartas que la madre de Bloy le enviara en su juventud; verdaderas joyas donde reluce un hermoso y cristiano corazón.

¿Pero quién era esta mujer, hija de madre española?

El 14 de febrero de 1890, León Bloy le escribe a su futura esposa:

Antes que viniera al mundo, mi madre, que era una cristiana de corazón profundo, quiso que no fuera su hijo. Con un esfuerzo extraordinario de voluntad y de amor, que acaso sólo las almas superiores pueden comprender, abdicó totalmente en manos de María sus derechos maternales, haciéndola responsable de todo mi destino, y mientras vivió no cesó de repetirme, con una obstinación sublime, que mi verdadera madre, de una manera especial y absoluta, era la Santísima Virgen. A Ella, pues, debes dirigirte, mi amada Juana, si quieres conseguirme”.

Estas palabras parecen darnos ya como una pincelada de un alma no mediocre.

La vida de Bloy, sin embargo, lejos estuvo de ser en su juventud un modelo de piedad. A los 18 años dejó su casa paterna para residir en París, y con ella dejaba también, al poco tiempo, la fe. Pero nadie mejor que él mismo nos puede resumir esos años.

En una carta al célebre Abad de Solesmes, Dom Gueranger, escrita en 1874, Bloy le abría su corazón con la siguiente confesión[3]:

“Entré en la vida como un aventurero, habiendo perdido la fe, sin un céntimo, envidioso, vanidoso, ambicioso, perezoso y sensual. Con semejante bagaje, no podía dejar de volverme un perfecto socialista y es precisamente lo que sucedió. Entonces me volví completamente miserable y mi consciencia y libertad se alteraron a un punto increíble.

Hasta entonces, Padre mío, todo estaba en orden. Estaba en el camino más largo y frecuente de este siglo y no me deshonré ni más ni menos que el primer infeliz. Era el estúpido trono del demonio que todo socialista lleva en sí y si la Comuna hubiera venido dos años antes, ciertamente hubiera fusilado algunos sacerdotes e incendiado algunas casas, sin ninguna crueldad, por lo demás”.

El 10 de febrero de 1877, en una carta a Paul Bourget[4], y sobre la cual volveremos, Bloy resumía brutalmente su vida en aquellos años:

Hubo un momento donde el odio a Jesús y a su Iglesia eran el único pensamiento de mi espíritu y el único sentimiento de mi corazón”.

Bien. Para ubicar las cartas de su madre en su justo contexto era preciso antes conocerlo a grandes rasgos.






[1] El que quiera agregar a la lista a Berta Dumont, la Clotilde de la primera parte de La Mujer Pobre, puede hacerlo.

[2] Léon Bloy, essai de Biographie, 3 vol., ed. Albin Michel, 1947, 1949 y 1954.

[3] Op. cit. I, pag. 75.

[4] Id. pag. 228 ¡¿A Bourget semejante confesión!? ¡Oh ironías de la vida!

lunes, 30 de octubre de 2017

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña) (III de V)

III) Edición y Traducción. -

Hemos dejado las críticas más importantes para el final.

Antes que nada, digamos que ha sido una feliz idea (si bien no siempre la han sabido mantener) la de utilizar la edición de Nácar-Colunga del año 1944, aunque, lamentablemente, hay algunas imprecisiones en esta traducción (generalmente tenida, y con razón, como una de las mejores).

En dos oportunidades (pag. 287 y 313) se cita Apocalipsis XIII, 3 traducido de esta manera:

“Y ví a la primera de las cabezas como herida de muerte, pero su llaga mortal fue curada…”.

Pero lamentablemente hay que señalar aquí una imprecisión, pues el original dice una (μίαν), como lo traducen la gran mayoría de los exégetas, y con razón. Y esto que parece menor no lo es tanto a la hora de interpretar todo ese oscurísimo pasaje, aunque no entraremos en el mismo, por razones obvias.

Dicho lo cual, pasemos a la parte más desagradable.

El libro presenta tantos, pero tantos y tan groseros errores tanto gramaticales como ortográficos que uno no puede menos que maravillarse, teniendo como tenemos hoy en día instrumentos tan eficaces para corregirlos; hubiera bastado pasar el texto a un archivo Word para que se pudieran enmendar sin problemas la gran mayoría.

Vamos a hacer un pequeño listado como para que el lector tenga alguna idea.

miércoles, 25 de octubre de 2017

El Buen Samaritano, por Jean Daniélou (III de III)

Así, nos parece que la antigua tradición patrística nos da la verdadera interpretación del conjunto de la parábola. ¿Es lo mismo que decir que esta interpretación, en la fase que hemos alcanzado, reproduce exactamente la que dio Cristo? Las variantes que presenta muestran que estamos en presencia de un desarrollo posterior. La distribución entre los elementos comunes y los que presentan variantes nos permiten despejar el fondo primitivo y las elaboraciones ulteriores.

Los textos que utilizaremos para esta comparación son en primer lugar los tres que ya hemos mencionado: la cita de los presbíteros que trae Orígenes en las Homilías sobre Lucas; la cita de Ireneo y la de Clemente. Tendremos en cuenta también las numerosas alusiones de Orígenes a nuestra exégesis. Las cito por orden cronológico; Co. Jo. XX, 35; Co. Cant., Prol.; Co. Rom. IX, 31; Co. Mat., XVI, 9; Ho. Gn., XVII, 9; Ho. Jos., VI, 4; Contr. Cels., III, 61. Por otra parte, Rauer ha publicado en su edición de las Homilías sobre Lucas una cadena griega que da varias exégesis para cada detalle. Parece ser un resumen del pasaje que corresponde al Comentario sobre Lucas de Orígenes, hoy en día perdida. En efecto, en sus comentarios Orígenes acostumbra dar las diversas exégesis que conoce para un mismo texto.

Entre los exégetas ulteriores, mencionaremos solamente un fragmento del Pseudo-Teófilo de Antioquía, citado por Rauer en el prefacio de su edición de las Homilías sobre Lucas (p. LXIII), un pasaje del Agradecimiento a Orígenes de Gregorio Taumaturgo (PG, 10, 1101 A), un comentario, inspirado en Orígenes, de Gregorio de Nisa en sus Homilías sobre el Cantar de los Cantares (PG, 44, 1085 A-D; 1098 C), un fragmento de las Homilías sobre Lucas de Cirilo de Alejandría que Riecker considera como inauténtico (PG, 62, 681 B)[1], el largo pasaje inspirado de Orígenes que se encuentra en la Expositio in Lucam de San Ambrosio (CSEL, 311-316), un pasaje de Gregorio de Elvira (Tract., 16; Battifol, p. 177-178), otro de Zenón de Verona (Tract., II, 13; PG, 11, 431 C-432 A).

La comparación de estos textos nos lleva a los resultados siguiente. Ciertos elementos son supuestos por todos los autores y constituyen el sentido primitivo de la parábola. El hombre que desciende de Jerusalén es Adán y la humanidad toda entera. San Agustín escribirá: “Aquel hombre que estaba en el camino dejado medio muerto por los ladrones representa a todo el género humano”[2] (Serm. 171, 2). Jerusalén representa el Paraíso. La cadena sobre Lucas propone también la Jerusalén de arriba, lo que sin dudas alude a una exégesis gnóstica de Orígenes sobre la caída del hombre fuera del mundo de los espíritus preexistentes (GCS, 201). Jericó es la figura de este mundo. Los ladrones son los ángeles de las tinieblas.[3] Sólo difiere aquí una interpretación de la Cadena sobre Lucas, que vé allí “los pseudo-maestros venidos antes de Cristo” (GCS, 202). Las heridas son las consecuencias del pecado en la naturaleza humana.

sábado, 21 de octubre de 2017

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña) (II de V)

Sigue luego el Libro I dividido en 6 secciones llenas de atinadísimas observaciones en cada caso.

El hecho de la difusión de la fe; el momento en que tendrá lugar; el hecho de la intensidad de la fe, justicia y santidad; la paz mesiánica; la revocación de los escándalos e impíos y la destrucción de las potestades contrarias a Dios; y, por último, el tiempo que ha de transcurrir después de la derrota del Anticristo hasta el juicio final.

Recorrerlas una a una nos llevaría muchísimo tiempo y como las virtudes del libro son más, muchas más, que nuestras diferencias, solamente opondremos un par de razones a algunas de sus afirmaciones.

La idea general que flota a través del libro es que el autor no ha leído a Lacunza, lo cual es sumamente extraño, pero parece ser una conclusión ineludible y lamentable. Si lo leyó, uno entiende que no lo haya citado nunca[1], pero ya no es tan comprensible que no haya sido influenciado por sus ideas.

Al analizar la Sección 5, estudia en la 2ª cuestión el sueño de Nabucodonosor sobre la estatua, y trae la opinión comúnmente recibida, la cual es claramente contraria no sólo a la historia sino también a la mente de la Iglesia que ya había afirmado por boca de Pío IX la extinción del imperio Romano, como ya lo notara agudamente Eyzaguirre.

Por eso son del todo incomprensibles frases como estas (pag. 280):

“El reino romano o el cuarto reino, según la mente de Daniel, no ha acabado aún…”.

Y de hecho se nota a través de las páginas, una exégesis muy forzada, señal casi infalible de una errada interpretación, como cuando unas páginas más adelante afirma (pag. 286, énfasis nuestros):

“Y, por lo tanto, el reino romano durará, de algún modo, hasta el Anticristo”.

¡Ay! Una vez más tenemos los más o menos, los de algún modo, los esto es, etc. etc. que tanto se leen en los autores alegóricos.

La división de Lacunza es, al menos, sumamente atendible y por eso llamaría la atención que el Autor no la hubiera al menos considerado en caso de haberla leído.

El otro caso es aún más paradigmático, si cabe.

Desde la pag. 348 hasta la 359 analiza y cita muchos autores que comentan la famosa batalla de Gog-Magog de Ez. XXXVIII-XXXIX para tratar de demostrar que después de la derrota del Anticristo van a existir más que los 45 días de Daniel XII. Pero el gran problema con toda esta exégesis es que se basa en un supuesto tan falso como fácilmente impugnable y es que esta batalla de Ezequiel coincide con la de San Juan en el cap. XX del Apocalipsis.

Lacunza demostró fácilmente que se trata de dos guerras diversas en cuanto al tiempo, motivos, etc., y por eso se nos hace difícil que alguien siga manteniendo la identidad de ambas batallas después de haber leído al gran exégeta chileno.

Veremos qué nos depara el tomo 2.




[1] Ni siquiera cuando en pag. 150 sig. trae una pequeña lista de autores contemporáneos que defienden esta doctrina, entre los cuales está nuestro conocido Ramos García.